20 noviembre 2015

LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO

- ¿Y si vamos a ver a la abuela en bici? 
La brillante idea, como no, es mía. Sólo a mi se me puede ocurrir hacer 24 km en bicicleta (12 de ida y 12 de vuelta) sin calentar ni nada. Me preparo a fondo: bocadillo de nocilla para coger fuerzas (y adiós operación bikini por 687º día consecutivo), pantalón ciclista con super-almohadilla-amortiguadora, camiseta de sudar de deportista experimentada y casco. Lo de super-almohadilla-amortiguadora es un decir, claro, porque en cuanto subo a la bici el sillín se me clava en salva sea la parte como una estaca de empalar en la inquisición. ¡Pero por qué tanta tortura y tanto dolor! ¿Qué tienen de malo los sillines de toda la vida con su asiento ancho y sus muelles? El casco tampoco es gran cosa. Seguro que quien lo inventó sabe más de estas cosas que yo, pero vamos, un casco que no impide que te descalabres la nariz, te dejes los dientes, te descoyuntes la mandíbula o te desnuques y que encima no es mono ni favorece no veo qué utilidad tiene... pero nos lo ponemos. 



Pregunto una vez más a Papichufleto cómo va eso de los cambios que nunca me acuerdo: 
- Pulgar fácil, índice difícil - me apunta. 
Y allá que me voy montada en una bicicleta de montaña, que me queda grande y se me desboca a ratos, siguiendo a Papichufleto que lleva a Cuchufleta en la sillita de ir en bici. La cosa va bastante bien: Cuchufleta toca la bocina mientras pedaleamos con el viento en contra esquivando algún que otro paseante de la ruta del colesterol y saludando a las vacas, cabras y ovejas que vamos encontrando. Formamos una estampa dominguera entrañable. Aunque sea Sábado.

Cuando ya llevamos 3 km recorridos, entre resoplido y resoplido informo de que a lo mejor 24 km son muchos, y le voy dando al pulgar-fácil intentando pillar el ritmo de pedaleo y cambiando el peso de mi culo de un lado a otro tratando de desincrustarme el sillín de la entrepierna. No hay tu tía. La bici y yo ya somos un solo ser. Be the bike, my friend.

Y así llegamos a la primera subida: un puerto de primera que me río yo del Tourmalet. Es tanto el desnivel que al comienzo de la cuesta ya noto que me falta el oxígeno. Pulgar-fácil, pulgar-fácil, pulgar-fácil. El carril-bici se me queda estrecho con los volantazos que voy dando para subir haciendo eses. Y cuando ya creo que no lo voy a conseguir levanto la vista de la rueda delantera y veo la cima. Y a Papichufleto esperándome con la cantimplora en la mano. Bendita bebida para deportistas. No sé si bebermela o echármela por encima.

Con energías renovadas, y un dolor de trasero que sospecho me va a durar toda la semana, retomamos el camino. Cuchufleta ya se ha aburrido de la bocina y los animales de granja y decide echarse una cabezadita, nunca mejor dicho porque va dormida y cabeceando buena parte del recorrido. ¡Qué felicidad y que facilidad para dormir!

Pedaleando, pedaleando, por una recta larguísima pero llana gracias a Dios, llegamos a la segunda subida. El Angliru a su lado es llanear, no digo más. Casi no se ve la cumbre con las nieblas que la bordean y sospecho que en la cima puede haber nieve y por el camino cabras montesas y rebecos. Pulgar-fácil, pulgar-fácil, pulgar-fácil y cuando ya no hay más piñones cambio de mano y bajo platos. Y entonces sucede la catástrofe. La bicicleta se para y la menda se va al suelo. Caigo de lado a cámara lenta pero no veo pasar mi vida por delante de mis ojos, lo que veo pasar es una rama de un árbol pero no me da para agarrarme y quedarme colgada. Resultado: cornada del sillín de trayectoria ascendente en mis partes nobles con moratón de unos 8 cm. Lo que viene siendo una "pupu grande".

Me levanto con cara de Rambo agonizando cuando decía aquello de "Dios mío, esto es un infierno" y les digo a mis Chufletos que no ha sido nada, que estoy bien. Cojo la bicicleta y la empujo cuesta arriba caminando como John Wayne en un duelo. Y por fin llegamos a casa de la abuela que nos recibe con unas tabletas de chocolate. Sólo por esto ha valido la pena el esfuerzo. Aunque puede que esta vez, y sólo esta vez, en vez de chocolate hubiese preferido unos cubitos de hielo o unos guisantes congelados para sentarme sobre ellos.

La vuelta es bastante más llevadera, mayormente cuesta abajo alcanzando velocidades de vértigo con máximas de 30 km por hora, ahí es na´, con el culo rebotando sobre el maldito sillín, el viento resoplando en mi cara, los mocos colgando como velas y comiéndome todos los mosquitos que encuentro. Cuchufleta me mira y me dice: 
- Si tienes frío mete las manos en los bolsillos, como yo.
Papichufleto me mira y me dice: 
- Pero que cara de felicidad llevas - y sonríe.
Qué osadía. Cómo le gusta el riesgo.





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